Comprar, tirar, comprar. Porque así se ha programado.

Comprar, tirar, comprar. Porque así se ha programado.

Cuál ha sido mi sorpresa esta mañana! tras descubrir que mis flamantes zapatillas de deporte, (bambas, tenis, cada cual y en cada sitio se las llama de una forma), han sido atacadas por una especie de virus corrosivo que empieza a comérselas literalmente: La denominada obsolescencia programada.

Es decir, la argucia de los fabricantes para que sus productos tengan una vida corta y tengamos que comprar. Estrategia  que avanza implacable y continúa con su vuelta de tuerca, estrujando y retorciendo nuestros maltrechos bolsillos. Otro paso atrás por nuestra parte frente al rodillo consumista. Otra batalla que vamos perdiendo y que se dirige a un final incierto, pero que continuará mientras el indiferente consumidor siga pasando por el aro.

Un verdadero mar de móviles obsoletos.

Prácticamente todos ya nos habíamos hecho eco de este fenómeno  en el ámbito de la tecnología y los móviles. ¡Cuántos hemos recordado con nostalgia infinita esos primitivos Nokia!, que podían servir tanto para realizar llamadas  como para  clavar clavos, y que te ofrecían una duración de batería de una semana. Aunque no es  la tecnología del Smartphone  lo que a mí más me preocupa, pues he de reconocer que no tengo ningún interés en tener el último modelo de espía electrónico personal en el bolsillo.

Percatarme del hecho en mis deportivas ha sido algo   turbador  porque estamos hablando de calzado. Se puede ir por ahí sin móvil (aunque empecemos a pensar que no), pero descalzo es imposible. Los últimos tres zapatos que me he comprado, dos de ellos deportivos y de marca  han durado apenas  cuatro meses. El material del cual están diseñados se agujerea sin remisión con sólo caminar tranquilamente en suelo asfaltado  y viento favorable. Sí, no hay que ir a la montaña o al  curso de un río seco y pedregoso para que su material se vuelva altamente transpirable y cobren el aspecto de  unas sandalias franciscanas.

Los sueldos nunca fueron tan justos, incluso miserables, los impuestos tan altos y ahora para colmo, la dichosa obsolescencia nos deja con cara de tontos cuando descubrimos incrédulos como se juega con nuestro dinero, en un afán desmedido de utilizar la tecnología para diseñar bienes que se disipan ante nuestros ojos como si fueran comidos por termitas, y así hacernos desfilar de nuevo para pasar por caja.

El perverso proceso avanza, y por lo visto ahora ataca inmisericorde a artículos de primera necesidad. A ver quien le dice a su retoño adolescente que se vaya al instituto con una zapatillas con los dedos fuera, o que se compre unas alpargatas baratitas.. Así es, nos tienen cogidos por donde más duele.

Llevar una vida alternativa, fuera de la vorágine consumista, se vuelve cada día más una necesidad que una opción. ¿Cuánto tiempo vamos a aguantar así? No hablo de enfundarnos pantalones tipo harem y hacer malabares en un semáforo. Simplemente  bajarnos del carro de la compra por un tiempo y pararnos a pensar. Dice el escritor Michel Houellebecq, “Cada individuo tiene  en su mano producir en sí mismo una suerte de revolución fría, situándose por un instante al margen del flujo informativo-publicitario. Es muy fácil de hacer; incluso nunca fue tan simple como hoy adoptar, en relación al mundo, una posición estética: basta con dar un paso a un lado”.

 

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