Leer

Leer

Hoy más que nunca necesitamos leer. Y no me refiero  a cualquier texto y en cualquier formato, me refiero sobre todo a textos de cierta extensión y más concretamente a libros.

Sí, los libros, esos “amigos” hasta hace poco exclusivamente de papel, que nos han acompañado desde hace siglos en nuestra soledad y en nuestra curiosidad, en nuestras ansias por conocer y entender el mundo. Que nos han permitido viajar en el espacio y en el tiempo. Y también soñar.

Carl Vilhelm Holsoe: Interior with a mother Reading aloud.

Leer. Y hacerlo prestando atención a la fuente o autor de lo que tenemos entre manos. Leer de forma reflexiva, pausada y profunda. Ensimismarnos como el niño con su juguete. Sumergirnos en el placer de la lectura. Concentrarnos y aislarnos del ruido, asimilando y dando sentido a las palabras en nuestra mente. Levantando de vez en cuando la vista para pararnos a reflexionar. Relacionando ideas y estableciendo juicios críticos.

Ortega y Gasset decía: «Reflexionar es considerablemente laborioso; esta es la razón por la cual muchas personas prefieren juzgar». Igualmente podemos decir que leer se ha vuelto un arduo trabajo para nuestras mentes, acostumbradas a que se nos dé el resumen en forma de tips, todo masticado, para que no nos distraigamos y abandonemos por aburrimiento. O habituados a que un algoritmo de búsqueda nos ofrezca sus respuestas con solo unos clics.

El problema vendrá cuando nuestro cerebro solo sepa leer twits, post, o mensajes de whatsapp. Cuando la burbuja (véase filtro burbuja) que forma en torno a nosotros internet nos aísle de buena parte del conocimiento, aunque aparentemente lo ponga a nuestro alcance. Cuando nuestros hijos tengan verdaderas lagunas cognitivas.

La inmensa mayoría de  la información que nos rodea  no cuenta con el respaldo de un autor contrastado. La llamada democratización de la comunicación ha traído consigo la pérdida de la jerarquía del conocimiento, es decir, un maravilloso mundo globalizado en el que cualquiera puede ser escritor.  La dificultad para localizar ese autor de referencia ha aumentado considerablemente, un creador de  información fiable, con un prestigio y una experiencia en la materia.

Mientras tratamos de discernir lo que nos es relevante en este diluvio de información, quizá debamos volver a dirigir nuestra atención a los libros como tabla de salvación.  Como hacíamos en la biblioteca de pequeños, cuando cogíamos con dificultad un pesado tomo enciclopédico escrito por sesudos eruditos. Seguramente no encontremos tanta hojarasca y tanta ausencia de rigor.

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