Paraísos Slow: en busca del silencio perdido

Paraísos Slow: en busca del silencio perdido

Recientemente tuve el placer de conocer una iniciativa que pretende potenciar el turismo Slow (sostenible, saludable, tranquilo, etc..) en la comarca de Antequera (Málaga). Bajo el hastag  #paraisosSlow aparece la curiosa iniciativa de realizar la primera guía de viajes poética para fomentar el turismo slow en diversas localidades de la zona.

Cada vez está más presente el Turismo Slow en la red

El nuevo viajero pretende cada día más no solo visitar un lugar y hacer las  fotos de costumbre, sino una  verdadera experiencia en el más amplio sentido de la palabra.

Visitar un lugar no es solo constatar que sigue allí como habíamos visto en la guía de viajes, en el canal viajar o en el libro de historia del arte. Es mucho más que eso. Es sentir una experiencia vital que llegue hasta ese lugar dentro de cada uno que hace que permanezca con nosotros el resto de nuestras vidas. Y eso comienza por estar en ese lugar de forma plena y consciente.

Por desgracia este tipo de experiencias casi místicas fueron sustituidas hace mucho tiempo  por un turismo de fotos y horarios apretados, de carreras  tras el  guía para no perderle de vista  entre la muchedumbre.

Casos paradigmáticos como Roma o Venecia

Jamás olvidaré cuando visité la Fontana de Trevi en Roma. La fuente quizá más famosa del mundo, la del baño nocturno de Marcello en la Dolce Vita, la de las monedas y los sueños. Cuál fue mi sorpresa cuando accedí  a la Fontana por un callejón y  me encontré con que un manto de gente colapsaba el lugar en el que apenas cabía un alfiler.

Venecia como ejemplo de masificación turística

  Quedé sobrecogido. Lo primero que pensé es que se trataba de alguna protesta o manifestación. No exagero si digo que la impresión era parecida a la de la Puerta del Sol de Madrid en Nochevieja, aunque la plaza es mucho más recoleta y pequeña. Todas mis expectativas  se fueron al traste en un segundo.

Un oásis «fuera de temporada»: Salamanca

Una experiencia muy distinta fue la de un viaje a Salamanca en pleno verano que realicé hace una década. Tenía la costumbre de viajar  en esos meses de calor  intempestivo  por el interior de España, además de porque era la fecha en que podía hacerlo eran unas dias de relativa calma en el interior y a precios de temporada baja. De estos días en la ciudad salmantina recuerdo un momento que guardaré para siempre entre mis recuerdos de viajes. Un momento en el cual pude conectar con mi entorno y con el instante de una forma plena.

Plaza de la Universidad de Salamanca

Debía ser sobre las once de la noche. Tras comer un suculento tapeo en el centro de la ciudad nos dispusimos a dar un tranquilo paseo de vuelta hacia el hotel,  por algunos de los lugares emblemáticos de Salamanca. La brisa a esa hora era suave y fresca, algo habitual en tierras castellanas. Tras pasar por algunos lugares de interés, nos sorprendió (me encanta cuando se producen estos encuentros inesperados) una recoleta y tranquila plaza peatonal, rectangular y cerrada, acogedora y prácticamente desierta. Con una estatua  en su mismo  centro dicha plaza constaba en uno de sus cuatro flancos  con una espectacular fachada de  mil detalles de estilo plateresco, que perfectamente iluminada, teñía de una mágica penumbra el resto de la plaza. Obviamente estábamos ante la Universidad de Salamanca.

Materialmente encajonados por esos muros de siglos y transportados a otra época, nos quedamos extasiados contemplando no solo el lugar, sino el momento tan íntimo e irrepetible que nos había regalado el viaje. Embriagado fui aun más lejos y le pedí a mi acompañante quedarme unos minutos a solas en el lugar. Me fui a la parte opuesta a la fachada y me senté en el suelo mientras me dejé invadir por una especie de trance. El cielo permitía ver algunas  estrellas pues como digo la luz era tenue.  No sé si estuve un par de minutos o fue un cuarto de hora. Pero permanecí allí sentado, respirando y paladeando el instante en un intento de que no acabase nunca.

 Pocas veces había sentido un bienestar tan plácido, una experiencia “mística” como decía más arriba.

No tuve tiempo ni de hacer una foto desde mi lugar de recogimiento, (ya había hecho una de rigor al llegar), pero el momento perdura grabado en mi memoria como uno de los más bellos de todos los viajes que he hecho, sin necesidad de buscarlo  entre las interminables carpetas de fotos  de mi ordenador personal.

Buscar el silencio perdido

Pasados los años constato como cada día surgen nuevos movimientos que abogan por un turismo no sólo sostenible, sino  consciente y reposado. Protestas contra el turismo masivo en algunas ciudades,  o tendencias como el Turismo Slow no hacen más que reflejar que ha llegado una nueva forma de pensar y que hay una demanda cada vez más creciente de  viajeros que entienden, que el turismo masificado y de “rebaño” se ha agotado  al menos para ellos. Y que buscan ese silencio y  calma que permiten el disfrute íntimo y pleno de una verdadera experiencia con la que volver en la mochila y guardar para toda la vida.

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